Archdiocese shield From Archbishop Gregory

Archbishop Wilton D. Gregory lays hands on an AIDS patient

Archbishop Wilton D. Gregory lays hands on an AIDS patient from the Missionaries of Charity's Gift of Grace House during the archdiocesan World AIDS Day Mass at Our Lady of Lourdes Church, Atlanta.
(Photo by Michael Alexander, The Georgia Bulletin)

Eucaristía por un Mundo
que Vive con SIDA

Viernes, 1ro de diciembre de 2006
Iglesia Católica N. Sra. De Lourdes
Atlanta, Georgia

green cross Wilton D. Gregory
Arzobispo de Atlanta

Durante estos días en que concluye el Año Litúrgico, la Palabra de Dios ofrece amplias referencias a visiones para nuestra consideración. Juan el Evangelista comparte sus visiones apocalípticas sobre el fin de los tiempos, visiones y acontecimientos que son, a la vez, fascinantes y espantosas. En el Evangelio de esta tarde, Jesús urge a sus discípulos a estar atentos a lo que ven a su alrededor; en otras palabras, a interpretar las señales de los tiempos. También nosotros, por ser discípulos hoy en día, debemos estar alertas a las señales de los tiempos en los que vivimos.

Una de esas señales que, como las visiones de Juan que escuchamos anteriormente y las cuales son tan insidiosas como alarmantes, es la reacción mundial a la persistente propagación de la pandemia del VIH y el SIDA. Hemos vivido con esta realidad durante 25 años en los Estados Unidos, y nuestra respuesta a la enfermedad y al dolor que deja a su paso nos inspira, al mismo tiempo que nos horroriza.

Gracias a Dios, ahora podemos hablar sobre el VIH y el SIDA como una enfermedad que no discrimina en su alcance y su impacto. Ha tocado las vidas de criaturas en el vientre materno; hay pacientes que se infectaron a través de transfusiones de sangre en los hospitales; de hombres y mujeres, personas de todas las clases, edades, razas y comunidades étnicas. La creciente atención que se ha dado a esta enfermedad es señal del aumento en la concientización sobre el dolor que esta plaga ha causado en el corazón de la familia humana. Este aumento en la toma de conciencia también es señal de la solidaridad que todas las personas deben experimentar mientras continuamos en la búsqueda de una cura para la enfermedad, y consolamos a aquellas personas cuyas vidas se han visto afectadas por la misma.

Pero también hay una visión inquietante que no podemos ignorar o negar. Algunas personas aún insisten en concentrarse exclusivamente en la manera en que ocurre el contagio con el VIH, y en aquellas personas que han sufrido de manera desproporcionada a causa de su presencia. Algunos hermanos aún desean evitar ser compasivos debido a los prejuicios que permanecen como efecto residual del pecado del odio y la discriminación. El mundo ha vivido con el VIH y el SIDA por 25 años; sin embargo, hemos vivido con tal intolerancia durante toda nuestra historia humana.

Esta noche, en oración y durante la Eucaristía, acogemos a aquellas personas que continúan soportando esta enfermedad y sus repercusiones, ya sea a nivel personal o porque uno de sus seres queridos sufran o hayan fallecido por la plaga. Oramos también para que se ablande el corazón de la humanidad, de manera que aumente su compasión al atender a quienes más necesitan nuestra solidaridad.

Nuestro mundo ha cambiado por el VIH y el SIDA, y continuamos necesitados de un cambio en los corazones para responder con amor a aquellas personas cuyas vidas han sufrido un revés al enfrentar esta nueva realidad. La gran colcha con los nombres de las personas que han muerto por el SIDA sirve como recordatorio sacramental de las vidas que esta pandemia nos despojó. En cualquier sitio donde sea exhibida, evoca visiones de asombro, sobrecogimiento y dolor al ver la cantidad de maravillosas y talentosas personas cuyas vidas nos fueron arrebatadas por esta enfermedad, y nuestra muy frecuente falta de voluntad para responder de manera compasiva a esta pandemia.

La Iglesia Católica, tanto a nivel local como universal, ha podido presentar un rostro compasivo el cual, aunque aún no es perfecto, representa una señal de esperanza y orgullo para nosotros. Sería mejor para todos si el VIH y el SIDA no estuvieran presentes en las vidas de los seres humanos pero, en el mundo en que vivimos, estoy muy agradecido por las personas de buena voluntad que brindan una visión de esperanza, de bondad y empatía para quienes viven con esta enfermedad y quienes lloran la pérdida de un ser amado por causa de la misma.

Estas personas, muchas de las cuales se encuentran presentes en esta Misa, y muchas otras de la herencia de fe en la Arquidiócesis de Atlanta, nos ofrecen a todos una visión de Cristo que es, a la vez, desafiante y esperanzadora, como los temas de la Palabra de Dios que tanto dominan este tiempo del Año Litúrgico. Espero que podamos iniciar el Año Nuevo con más esperanza que temor, con más amor que odio, con más compasión que apatía, y con más razones para creer en la dignidad de todos los hombres y las mujeres, en vez de los ejemplos que traicionan la dignidad común.